Pasaron dos semanas para volverla a ver, esta vez conocía ya su
nombre, sabía quién era el que siempre la acompañaba y hasta el lugar donde
solía estar. Nuevamente paso junto a mí y esta vez me regaló una sonrisa, iba
vestida de negro, llevaba
Los pocos segundos que duró su
andar se volvieron eternos en mi memoria, y fue en ese momento más interesante
que cualquier historia, mi mente volaba ya sin rumbo, me sabía perdido por su
actitud, el misterio que encerraba era más profundo que cualquier teoría y sus
ojos más lindos que cualquier estrella, ahí supe perfectamente que me había
enamorado.
Y cada vez que la veía pasar,
era así, una poesía hecha mujer, la novela más romántica, cada parte de su piel
era una página más interesante, la más hermosa opera, la más realista
escultura, el más erótico de mis poemas. Nació desde entonces mi deseo, no había
más interés para mí que su misterio y aunque hubiese mil rosas más hermosas,
para mi ella era nada más. Jamás había deseado tanto a alguien, tenía que averiguar
todo de ella, a que sabían sus besos, el ritmo de su respiración, como
estremecer su piel. Tenía que saber cómo quebrar su voz, como olía su esencia,
como abrazaban sus brazos, y aunque siempre me había jactado de santo, por
dentro me moría por pecar con ella.

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