viernes, 24 de enero de 2020

de Épica y Pasiones 2

Pasaron dos semanas para volverla a ver, esta vez conocía ya su nombre, sabía quién era el que siempre la acompañaba y hasta el lugar donde solía estar. Nuevamente paso junto a mí y esta vez me regaló una sonrisa, iba vestida de negro, llevaba
Un vestido que permitía ver a plenitud su silueta, su marcada cintura y prominentes caderas se robaban como siempre mi atención.

Los pocos segundos que duró su andar se volvieron eternos en mi memoria, y fue en ese momento más interesante que cualquier historia, mi mente volaba ya sin rumbo, me sabía perdido por su actitud, el misterio que encerraba era más profundo que cualquier teoría y sus ojos más lindos que cualquier estrella, ahí supe perfectamente que me había enamorado.

Y cada vez que la veía pasar, era así, una poesía hecha mujer, la novela más romántica, cada parte de su piel era una página más interesante, la más hermosa opera, la más realista escultura, el más erótico de mis poemas. Nació desde entonces mi deseo, no había más interés para mí que su misterio y aunque hubiese mil rosas más hermosas, para mi ella era nada más. Jamás había deseado tanto a alguien, tenía que averiguar todo de ella, a que sabían sus besos, el ritmo de su respiración, como estremecer su piel. Tenía que saber cómo quebrar su voz, como olía su esencia, como abrazaban sus brazos, y aunque siempre me había jactado de santo, por dentro me moría por pecar con ella.



No hay comentarios:

Publicar un comentario